El hombre que sabía mirar


Son tiempos duros para el pensamiento crítico (el que va más allá de mecanismos mentales básicos y fisiológicos). Demasiadas pérdidas en poco tiempo, mientras la barbarie avanza (encarnada en los Trump, los Le Pen los Maduro, los Putin). Desde el inicio de 2017 se apagaron faros esenciales para navegar en estos mares oscuros y tormentosos. Zygmunt Bauman, John Berger y, esta semana, Tzvetan Todorov. Bulgaro de nacimiento, Todorov, nacionalizado francés, vivó en París desde 1963, tras dejar atrás la Bulgaria comunista. Al contrario de lo que pensaba Lawrence de Arabia (citado por él mismo), su pertenencia a dos patrias no le hizo perder el alma. Antes bien, la enriqueció, y contribuyó a convertirlo en uno de los más esclarecidos y profundos observadores y analistas de este tiempo, entre dos siglos, atravesado por complejos procesos y fenómenos que afectan a la democracia, a la libertad, al individuo, a la razón. El hombre desarraigado sufre al principio, confesaba en El hombre desplazado (una autobiografía de notable lucidez), pero puede aprender a no confundir lo real con lo ideal y la cultura con la naturaleza, y, si supera su dolor y su resentimiento, aprende mucho sobre la tolerancia.

Toda la obra de este gran filósofo y lingüista huye del pensamiento binario (y lo combate), mira aspectos desatendidos de la política, de la cultura, del arte, de la historia y de la ciencia, ilumina horizontes dominados por la intolerancia, la mezquindad intelectual, la torpeza política y el fanatismo de los pensamientos únicos (que pretendiéndose “únicos” y expulsivos, abundan). En El espíritu del Iluminismo, Todorov hace un sensible e inspirado rescate de todo aquello que la razón aportó a la humanidad, desde la ciencia como la conocemos, hasta la República, el nacimiento del individuo y la noción de derechos. En Los enemigos íntimos de la democracia señala que esta peligra más por las acechanzas y torpezas internas que por ataques externos y decía que cuando pueblo, libertad y progreso rompen su alianza, y alguno de los tres factores busca supremacía, nacen tres peligros extremos: el populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo. En El jardín imperfecto recuerda que la libertad no elimina límites sino que los impone. Y alienta a optar por “el jardín imperfecto del hombre” antes que otros reinos prometidos, no para salir del paso, “sino porque nos permite vivir de verdad”.

En 2010 Todorov estuvo en la Argentina y también aquí su mirada fue perceptiva, traspasó los maniqueísmos, las creencias rígidas, las esclerosis ideológicas. Fue invitado a visitar la ESMA y el Parque de la Memoria. Transmitió sus impresiones en un artículo publicado el 7 de diciembre de ese año en El País, de Madrid, y advirtió que se arriesgaba a ello porque “al contemplar un paisaje desde lejos, divisamos cosas que a los habitantes del lugar se les escapan: es el privilegio efímero del visitante extranjero”. No estaba de acuerdo, decía en ese texto, con la afirmación, leída en un folleto del Parque de la Memoria, de que “la Argentina es un país ejemplar en relación con la búsqueda de la Memoria, Verdad y Justicia”. Su argumento era este: “Una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria. La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos (…) La Historia nos ayuda a salir de la ilusión maniquea en la que a menudo nos encierra la memoria: la división de la humanidad en dos compartimentos”. Hay mucho más y muy valioso en aquel artículo. Pero este tramo merece ser rescatado porque, según vuelve a verificarse en estos días, la memoria (que siempre, en lo colectivo y en lo individual, recorta y edita) sigue predominando sobre la historia y mantiene abiertas heridas por las que supura la intolerancia. Todorov, una presente ausencia.


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