Conocimiento, esa aventura existencial


Un periodista no debe empobrecer el lenguaje ni maltratar la palabra y, mucho menos, dejar de preguntarse por la actitud del hombre ante la vida. Cuando proponía esto, mientras dirigía Combat, invalorable periódico de la resistencia francesa contra los nazis, Albert Camus (1913-1960), autor de El Extranjero, La peste, El mito de Sísifo, ponía en palabras lo que sostenía con su vida. Hoy, cuando cunden la posverdad y la especialización, conviene repasar esa idea. La posverdad consiste simplemente en el desprecio de la verdad, en la falta de respeto al otro (mentir a sabiendas es faltar el respeto) y en el uso de medios tecnológicos e informativos para falsear, adulterar, difamar con fines perversos. Esto se usa mucho en redes sociales, en portales informativos, en medios on line de origen dudoso o desconocido y puede servir incluso para encumbrar como presidente de un país a alguien carente de escrúpulos y moral y poner al mundo en peligro.

Se puede hacer de manera consciente o inconsciente, como cuando de manera ingenua y crédula se divulga como información cualquier cosa sin chequearla y sin poner en práctica el pensamiento crítico, preciosa herramienta humana. Informar no es para cualquiera, aunque las nuevas tecnologías (por su facilidad, gratuidad y ausencia de control) hagan creer lo contrario. La mezcla caprichosa de información real con todo tipo de chatarra informativa y con posverdad termina por generar lo que el investigador catalán Alfons Cornella definió hace un tiempo como infoxicación, fenómeno que definió así: “Estar siempre on, recibir centenares de informaciones cada día, a las que no puedes dedicar tiempo. No poder profundizar en nada, y saltar de una cosa a la otra. Es working interruptus. Es el resultado de un mundo en donde prima la exhaustividad frente a la relevancia”.

Intoxicados de información perdemos la capacidad de discernimiento, de diferenciar entre lo que nutre y lo que engorda. Información es más que toneladas de datos inútiles, es más que absorberlo todo, como si fuera lo mismo la pelea entre dos estrellitas mediáticas que la entrevista con una personalidad que aporta a la comprensión del tiempo que vivimos. A Funes, el personaje de Borges que recordaba todo sin poder distinguir ni jerarquizar, no le fue bien. Murió solo, muy joven y sufriente a causa de su memoria. La actual voracidad por informarse todo el tiempo y a través de todos los medios, sin diferenciar, solo puede llevar a emular a Funes y a su triste final.

Otro punto que merece alerta es la confusión entre especialización y conocimiento. Lo que se llama sociedad del conocimiento, solo lo es de la especialización. Cuando se pone énfasis en la especialización se alienta a la fragmentación, al recorte, al monotema, a la hipertrofia del saber. Nace lo que Chistopher Chabris y Daniel Simons (autores de El gorila invisible, un estudio sobre los atajos y errores del pensamiento) llaman “ilusión de conocimiento”. Debido a esta se cree que por que alguien sabe (o parece saber) mucho de un tema conoce de todas las cosas del mundo. Curiosamente los especialistas suelen saber muy poco sobre la vastedad de la vida y del mundo porque recortan y concentran la información dedicándola a “su” tema.

Es que estar informado o especializado en una cuestión no es tener conocimiento. El conocimiento se refiere a la vida, se adquiere con el buceo profundo en los grandes temas existenciales, conlleva experiencias vitales y no se reduce a libros ni a medios, digitales o no. El poeta pakistaní Muhammad Iqbal (1877-1938) pedía: “Dios, dame el conocimiento de la naturaleza última de las cosas”. Una aventura existencial que requiere desinfoxicarse, por un lado, y salir del encierro de la especialización por otro.


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