“Una pareja inteligente es la que no deja todo librado al azar de una emoción”


En una relación amorosa hay muchos desafíos por afrontar. De la capacidad de ser claros, dialogar, pensar juntos, contenerse, no dar nada por sentado y trabajar en pos de ser un equipo en la vida, dependerá el éxito del vínculo.

Por Jesica Mateu

El amor es un sentimiento tan maravilloso como único, ya que cada persona lo vive de un modo distinto. Y, aunque muy natural por ser constitutivo del ser humano, no es sencillo experimentarlo. Y precisamente porque las relaciones amorosas son complejas, para llevarlas adelante con armonía y muchos momentos de felicidad no sólo hay que poner el corazón. También hace falta el pensamiento, la razón. Así lo asegura el periodista y escritor argentino Sergio Sinay, reconocido especialista y consultor en vínculos humanos, en su último libro, Inteligencia y amor (editorial Urano).

Allí reflexiona sobre este sentimiento tan noble y enriquecedor, y motiva al lector a plantearse preguntas y, por qué no, animarse al desafío de detenerse a repensar en sus propios vínculos.

En una entrevista con Embarcados, Sinay invita a entender la cocina del amor y a poner sobre la mesa todos esos sentimientos, certezas, misterios, anhelos, necesidades y sensaciones involucrados en el lazo amoroso.

¿Cómo definiría al amor inteligente?

Es un amor que no excluye al pensamiento; no se construye sobre una sola pata que es la que representa a las emociones, sino de todo aquello de lo que estamos hechos. El amor inteligente se da cuando la emoción despierta a la razón y esta la guía. Una pareja que no se olvida de mirarse, de pensar juntos, de hablarse; que no deja todo librado al azar de una emoción, es inteligente. Siente con el cuerpo y al mismo tiempo, puede pensar sobre eso que siente.

En su libro señala que es un error –que se da sobre todo en las mujeres– pretender que la pareja sepa lo que una quiere o desea sólo por el hecho de amarla. Y advierte que es importante pensar lo que uno realmente necesita para luego comunicarlo con claridad.

Así es. También se quejan de que los hombres no les dicen nada y quizás lo que suceda es que no les dicen lo que quieren escuchar; más allá de que es cierto que, de por sí, el hombre suele ser más parco. Como el amor no es la unión de dos medias naranjas, uno encuentra a una persona diferente con la que tiene que construir un vínculo. Y no está garantizado que lo que conozcamos nos guste. Hay algo que tiene que ver con dejar el amor librado a la magia, a la pura vibración emocional que impide el conocimiento y la comunicación efectiva. Y la comunicación afectiva tiene que ser efectiva. Si no, pasa a ser una lotería. Eso de “si me amara debería darse cuenta” es una expectativa y una exigencia desmesuradas porque sólo uno mismo conoce sus necesidades. Y si no las conoce es porque no se ha preguntando por ellas. Entonces, no puede pretender que el otro sepa lo que ni uno mismo sabe.

¿Cuál es el error más común en los hombres en ese sentido?

A veces está la pretensión del “ya te lo dije” y de que su pareja se conforme con eso. Y quizás no, no se conforma. Entonces uno tiene que decir más. (Más halagos, más “te amo”…). Porque el amor nos transforma y nos obliga a cambiar algunas cosas en pos del bienestar del otro. Cambiar con el otro. Porque son como dos piedras preciosas que, cuando se encuentran, están sin tallar. Y el trabajo las va tallando hasta que logran su cóncavo y su convexo; es decir, adecuándose uno al otro sin dejar de ser lo que son. No hay que quedarse aferrado a nuestra idea de ideal amoroso, sino bajar a la realidad y construir un amor posible que no significa ni chato ni resignado.

Cuando uno de los dos miembros de la pareja no ama con inteligencia, ¿puede aprender del otro?

La relación amorosa no se construye leyendo un libro ni en un laboratorio ni en un seminario, sino desde el inicio y a lo largo del camino. Ambos miembros son maestros del otro y se van a enseñar en la medida en que se comuniquen y sean claros. Todo eso da como resultado el sentimiento. Porque lo primero que sentimos es atracción; después hay que construir el sentimiento amoroso.

Dicen que cuando el alumno está preparado, el maestro aparece. ¿También funciona así con la llegada del amor? ¿Es decir que no se trata de buscarlo, sino de estar preparados para reconocerlo cuando aparezca?

Así es. Llega cuando uno está en armonía. Cuando uno está bien solo es cuando está mejor preparado para estar acompañado. Si no, está buscando alguien que tape un agujero. Uno tiene que poder caminar por sí mismo. Metas como “este año voy a encontrar pareja”, no van. Seguro que la va a encontrar, el tema es ver de quién se trata. Porque, en definitiva, si necesito alguien que haga de muleta, la relación no va a durar.

Hay quienes creen que en una pareja feliz, todo fluye. Mientras que usted señala la importancia de no dejar la relación librada a la certeza de que hay amor…

En el amor no hay que temerle a la palabra trabajo porque es el que da los frutos que conducen a los momentos de felicidad que sólo él procura. Tiene que haber un trabajo de la escucha, de la palabra, de la mirada, del acompañamiento, del encontrar la distancia. Es decir, que no haya ni fusión ni vidas paralelas.

También en su libro destierra el mito de que ser una pareja en armonía implica no tener discusiones…

Así es. No se trata de no tener ni un sí ni un no. Las peleas son tensiones que se pueden resolver en la creación de nuevos espacios. La pareja más inteligente y llena de amor va a tener peleas porque están dentro del combo amoroso.

¿Cómo conciliar las diferencias?

Con el diálogo. Se puede encontrar la manera si al blanco y al negro los abordamos con un gris. Cada pareja tiene distintos tonos de grises; los porcentajes varían, nunca es 50/50. Lo importante es que los dos estén contenidos en el acuerdo. Si una pareja se separa porque ella odia el fútbol y a él le encanta, el motivo real es que no tienen nada que los una. Pero es diferente cuando se trata de divergencias irreconciliables que son las que tienen que ver con los valores. Pueden ser religiosos, culturales… Hay un haiku, un poema breve japonés, que plantea que un pájaro y un pez se pueden enamorar, pero ¿dónde construirán su hogar? O se ahoga el pájaro en el intento de forzar la situación o muere el pez.

MÁS QUE LA SUMA DE LAS PARTES

La sexualidad es uno de los condimentos más interesantes de una pareja. Infaltable, es donde se propicia el encuentro, la unión, el diálogo metafórico y el placer. También ella puede ser vivida de modo inteligente. Por eso, Sergio Sinay recuerda que:

  • • No hay una frecuencia normal. Cada pareja encuentra la suya. El ritmo adecuado es aquel con el cual ambos se sienten bien sin dar explicaciones.
  • • No es real que las mujeres priorizan el amor por encima del sexo o viceversa. Esas conclusiones sólo “generan desencuentros, sospechas y, para ambos, una sexualidad empobrecida”.
  • • Diferencias en los gustos, necesidades o tendencias sexuales son irreconciliables. A veces alguien posterga su deseo para acoplarse al otro, pero cuando uno no es feliz en el plano sexual se va resintiendo.
  • • El erotismo está en la vida y en la cama es donde se expresa. Una pareja llega a esta por cuestiones que no incluye sólo lo sexual. Capaz, por haber compartido un día maravilloso en el que se crea un clima de intimidad, una atmósfera en la que, aunque estés entre otros, estás con el otro. La sexualidad está mucho más allá de la genitalidad.


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