8 de marzo: ¿Qué es una mujer?


¿Qué es una mujer? Pregunta simple, respuesta compleja. El propio Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, la veía en su tiempo tan inescrutable como el continente negro y confesó que la única pregunta que no sabía responder era “¿Qué quiere una mujer?”. Se ha ligado a la mujer con numerosas palabras. Misterio, flor, intuición, maternidad, devoción, entrega, nutrición, cuidado, astucia, refugio, amor. Y tantas más. Se dijo que ella es poesía y el hombre es prosa. Que la mujer es arco y el hombre es flecha. Mucho se dijo y se seguirá diciendo. Y la pregunta sigue ahí. ¿Qué es una mujer?

Las creencias, los mandatos, los prejuicios, los modelos mentales y los credos culturales, apresuran algunas respuestas, presentes en la realidad cotidiana.

El 8 de marzo (próximo miércoles) de cada año se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Fue instituido en 1975 por las Naciones Unidas, aunque, con leves variaciones de fecha, se venía rememorando desde principios del siglo XX, cuando diferentes movimientos de mujeres en todo el mundo luchaban contra la guerra, por mejores oportunidades y condiciones de trabajo, por el derecho a votar y por otros derechos elementales y negados. Aquel origen es hoy tan desconocido como olvidado. Así, parece que el Día de la Mujer es un pretexto más para incitarlas a comprar o a ser objeto de regalos. “Descuentos increíbles para mujeres increíbles” prometían afiches de una cadena de tiendas. Y por el estilo, muchos más. ¿Qué es una mujer “increíble”? ¿La que cría a sus hijos, trabaja, asiste a una capacitación, atiende problemas familiares, sostiene la crisis emocional de una amiga? Hay muchísimas de ellas y lo increíble sería que tengan tiempo o estén de humor para, además, salir a gastar. Más en estos tiempos.

IMÁGENES Y ESTEREOTIPOS

Esa imagen de mujer tipo barril sin fondo de deseos, torbellino de impulsos consumistas desenfrenados, obsesiva por la propia apariencia, siempre de buen humor, con tiempo y dispuesta, es muy común. También lo es la de la madre abnegada que solo vive para sus hijos y posterga necesidades y sueños con resignada satisfacción. Una mujer parece ser también, según estereotipos al uso, alguien obsesionado por el paso del tiempo y dispuesta a cualquier dieta, gimnasia, cirugía o pase mágico que le sea ofrecido para no perder la atención de hombres que le exigen tácita o explícitamente perfección física mientras ellos, víctimas del mismo tiempo, se desvencijan y deterioran sin el menor complejo.

Una mujer sería, siempre según los modelos observables, alguien que, en general, puede ascender en las escalas laborales y alcanzar las jerárquicas (aunque con un techo) siempre y cuando esté dispuesta a comportarse con la dureza, la asertividad, la fiereza competitiva y la insensibilidad de un varón “ganador”. Y a cobrar menos. Esto vale también en la política, en el deporte, en la ciencia. Y aunque logre todo eso estará siempre en observación.

Para muchos hombres poderosos (en los gobiernos, la política, los negocios), una mujer es un objeto decorativo que, cuanto más joven y atractiva, agregará un plus mayor al potencial competitivo de ellos. Se dice que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Parece un elogio a la presencia femenina, pero si se escucha con atención suena como un recordatorio acerca de dónde debe estar la mujer. La palabra clave es “detrás”. Suele ocurrir que, a menudo, esa “gran mujer” se retira o sale a la luz y el “gran hombre” se derrumba como una fachada de cartón piedra.

Para tanto machista suelto (y muchas veces disimulado) la mujer es solo una presa. Se la toma, se la usa y se la deja. Eso en el plano emocional. Pero hay más y peor. También se la mata. Los femicidios son una cruel y creciente realidad a la que se responde con mucho discurso y poca acción, poca política real y compromiso. Una imagen más edulcorada resalta la función materna de la mujer y este ancestral mandato suele imponerse con tal fuerza que aquellas mujeres que no pueden tener hijos, y las que no quieren, sufren de distinta manera, pero sufren. Las primeras porque pareciera que son víctimas de una maldición que las excluye y las segundas porque son miradas con sospecha, como si estuvieran afectadas por el virus del egoísmo o por algo peor. En realidad a esta altura del siglo XXI haría mucho bien que se entendiera que la maternidad es una función en la vida de la mujer (como lo es la paternidad en el hombre), pero no es condición obligatoria de su identidad. La feminidad incluye esa función, pero es mucho más que eso.

El marketing, la publicidad, cierta televisión de bajo nivel y alguna literatura y algún cine de poca calidad y escrúpulo insisten en responder que la mujer es un objeto sexual, que ha sido creada para satisfacer deseos que los hombres no pueden controlar y que su deber es ser esclavas de esos deseos. Esto degrada a mujeres y hombres. Así aparecen sagas como las sombras de Grey y formas sutiles, solapadas, brutales o hipócritas de la prostitución.

SOLO ELLAS SABEN

¿Qué es, entonces, una mujer? Si se toma en cuenta que durante siglos se discutió si tenían alma o si eran animales inferiores, que se las quemó considerándolas brujas (y que aún se las llama así despectivamente), que hasta bien entrado el siglo XIX no votaban en ningún lugar del mundo (se cree que fue en 1838 en la isla polinésica de Picarin en donde lo hicieron por primera vez) y que en la Argentina solo lo hacen desde 1951, pareciera que la complejidad de la respuesta se origina en una larga e inacabada historia de prejuicios, injusticia e ignorancia.

No es fácil para un hombre responder a esta pregunta, más aún cuando entre los mismos varones hay tanto prejuicio y tanto mandato tóxico por despejar acerca de la masculinidad. Y quizás tampoco sea pertinente, puesto que la experiencia y la vivencia femeninas son patrimonio de las mujeres. Frente a la vivencia, a la necesidad, al sentimiento del otro, del diferente (en este caso la otra, la diferente), se impone en primer lugar el respeto. Las mujeres no son hombres fallados, como cree la mirada masculina hegemónica. Son una expresión completa y específica de lo humano, como los varones. Ni unas ni otros somos autosuficientes. Por eso resultamos complementarios y mutuamente necesarios.

En su libro “Los aprendices del amor”, el maestro Norberto Levy, psicoterapeuta argentino, define así a este sentimiento: “Tal vez podamos comenzar observando simplemente nuestras manos. Cómo se relacionan entre sí mientras realizan las tareas del día: ponerse la ropa, abrochar un botón, preparar un café. Todas las tareas. Observarlas con detenimiento y mirar la relación. Allí hay ayuda recíproca, ajustes continuos, acoplamientos precisos, sentido de equipo. Esa es la cooperación del amor”. Y define al amor de una manera hermosa: “Es la memoria que la Unidad tiene de sí misma en la diversidad”.

La cooperación, la unidad, la diversidad. Si conjugamos estos tres factores acaso podamos comenzar a saber que mujeres y varones somos partes necesarias e inescindibles del amor. Y cada uno podrá vivir con el misterio del otro, sin descalificar y sin tener respuestas a todas las preguntas. ¿Qué es una mujer? Acaso el mismo misterio que cada ser humano, sin distinción de sexo, es para sí mismo.


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