Cómo gira la rueda de la vida


Cierre del año. Temporada de balances y propósitos. De lo que no se hizo hay mucho que merece ser olvidado. Aparecía como muy importante en el momento de formular el propósito, pero puede ocurrir que ahora, a la luz del trayecto recorrido, haya quedado sin hacer por simple decantación. No se puede todo, y quizás esto no era tan importante como parecía. Otras cosas sí duelen por no haber sido abordadas o concluidas. Y posiblemente deban reaparecer en los proyectos del nuevo año, esta vez encabezándolos. En general, lo que mantiene su relevancia no está relacionado con lo urgente, sino con lo importante. A cierta altura de la vida sabemos, o deberíamos saber, que lo urgente se come el tiempo y la energía de lo importante, y que muchas veces se parece al llamado desesperado del pastor mentiroso. Cuando acudimos, no encontramos nada de lo que parecía crucial. Y corriendo de urgencia en urgencia suele escurrirse la vida. Lo importante, en cambio, suele no ser espectacular. Pero se vincula a lo que de veras es decisivo, a lo que permite que vayamos descubriendo, paso a paso, las razones fundamentales de nuestra existencia. Eso que llamamos sentido.

Si nos procuramos un tiempo y un espacio de quietud en ese tramo que va entre la despedida de un año y el nacimiento de otro, sería bueno destinarlo a desbrozar lo urgente de lo importante, para encarar la nueva etapa con un equipaje más liviano, más funcional, en el que llevemos solo lo necesario para que al final del nuevo año hayamos dejado huellas que mejoren un poquito el mundo en que vivimos, los vínculos que nos relacionan, las tareas que abordamos, los valores que ponemos en práctica en cada una de nuestras acciones, decisiones y conductas. La lista de proyectos (o bien podríamos llamarla la lista de promesas que nos hacemos a nosotros mismos) será entonces más breve, funcional y sustanciosa. Y acaso el próximo fin de año nos encuentre más centrados, mejor enfocados, con menos necesidad de empezar de nuevo. Se tratará, simplemente, de continuar.

FORMAS QUE SE COMPLETAN

Cuando algo importante no se cierra, impide que algo importante se abra. Este es un concepto básico, y fácilmente comprobable en la vida de cada día. La psicología gestáltica, que hace hincapié en el aquí y ahora, lo tomó de los investigadores alemanes Max Wertheimer (1888-1943), Kurt Kofka (1886-1941) y Wolfgang Kohler (1887-1967), inspiradores de la Teoría de la Forma (en alemán Gestalt significa forma). Ellos intuyeron algo que luego se desarrollaría a fondo, especialmente a partir de célebres y fundamentales psicólogos, como Kurt Lewin (1890-1947), creador de la dinámica de grupos, y Fritz Perls (1893-1970), padre de la Psicología Gestalt. Esto es que somos nosotros, a través de nuestra percepción, quienes completamos, o damos forma, a los fenómenos que se presentan ante nuestros ojos y nuestra experiencia. Cuatro líneas verticales, cuatro horizontales y cuatro oblicuas trazadas en un papel, no son más que eso hasta que nuestra mirada, y nuestra percepción, las ven como un cubo. Si una de esas líneas faltara, tal forma desaparecería. De ahí la importancia de cerrar, de completar los procesos y las experiencias. Sobre todo, los existenciales. Eso es, de alguna manera, lo que flota en el aire cuando efectuamos nuestros balances de fin de año. A veces todo lo vivido aparece como una forma clara. Otras veces, lo inconcluso impide el cierre de esa forma. Y pocas cosas significativas nacen de lo inconcluso.

LEVAR ANCLAS

En el puente que va de un año al otro concluye un ciclo de nuestra vida y se abre otro. La existencia es, en definitiva, una continuidad de ciclos. En un texto titulado precisamente “Etapas”, el escritor alemán, luego naturalizado suizo, Hermann Hesse (1877-1962), cuyas obras, entre las que se cuentan “Siddhartha”, “Demián” y “El lobo estepario”, marcaron a fuego el corazón de varias generaciones, lo expresa de una manera muy bella. Allí escribe Hesse: “Igual que se marchita toda flor y toda juventud cede a la edad, así florece en su momento cada etapa de la vida, cada sabiduría y cada virtud, y no puede durar eterno tiempo. El corazón, a cada grito de la vida, ha de estar presto a irse y volver a empezar, para entregarse, valiente y sin tristeza, a vínculos nuevos y distintos. Y en cada comienzo habita una magia que nos protege y nos ayuda a vivir”.

El final de un ciclo puede encontrarnos amarrados por la melancolía, ese pantano emocional que atrapa y hunde, que impide avanzar, que ata a la pesada ancla del pasado irrecuperable, o puede descubrirnos, en cambio, en el ejercicio del desapego. Desapego no significa indiferencia, sino capacidad de distinguir entre lo urgente y lo importante, lo trascendente y lo superficial, lo que brilla y lo que encandila, lo que nutre y lo que debilita, lo que es y lo que fue, lo posible y lo imposible, lo que cuesta y lo que vale, la autonomía y la dependencia. La melancolía imposibilita cerrar ciclos y formas e impide, por lo tanto, abrir o percibir nuevos horizontes. Lo contrario ocurre con el desapego.

EL VUELO DEL ÁGUILA

La médica suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004), que dedicó su vida al acompañamiento de enfermos terminales, a quienes ayudó de manera comprometida y conmovedora a cerrar con sentido sus trayectorias vitales, describe en su apasionante autobiografía “La rueda de la vida” los cuatro giros de esa rueda. En nuestra infancia seremos ratones, animados, traviesos y siempre delante de los demás. En la primera juventud nos convertiremos en osos, muy cómodos, disfrutando de la hibernación y recordando con ternura nuestras andanzas de ratones. La madurez nos encontrará como búfalos, gustosos de recorrer las praderas y dispuestos a despojarnos de nuestras cargas para convertirnos en águilas. Y en los años finales, habremos llegado a ser, precisamente, águilas, entusiasmados con la posibilidad de contemplar el mundo desde las alturas, sobrevolándolo, para animar desde allí a los otros a que se atrevan a mirar hacia lo alto.

Como se ve, el paso del tiempo y el cumplimiento de las etapas vitales trae siempre buenas nuevas si es que hemos sabido soltar, cerrar los ciclos, concentrarnos en lo importante, estar atentos a los que nos trae el parabrisas antes que a lo que se desvanece en el espejo retrovisor. Para eso sirven los balances y las declaraciones de propósitos de estos días. Para actualizar nuestra carta de navegación y continuar el viaje hacia ese punto en el que un día nos encontraremos como águilas.


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