La vida buena. Cómo llegar lejos sin moverse


No es lo mismo ser veloz que estar apurado. El gran médico, ensayista y pensador español Gregorio Marañón (1887-1960), eminente endocrinólogo, investigador de los fenómenos psicológicos y delicado escritor, supo advertirlo. “La rapidez es una virtud que puede engendrar fácilmente el vicio de la prisa”, dijo. En una era, como es la presente, en la que prevalecen la ansiedad, el apuro, la fugacidad, el bullicio, la taquicardia, la hiperventilación y la velocidad porque sí, resulta fácil verificar que Marañón tenía estaba en lo cierto. Una sensación muy extendida y compartida en este tiempo es la de estar siempre apurado, de correr contra el reloj, de ser exigido por urgencias y demandas externas. Tanto es así que ya hace una década la Organización Mundial de la Salud adelantó que el estrés sería acaso la más grave epidemia del siglo XXI. Lo notable es que no lo provoca ningún virus ni bacteria, sino la conducta humana.

El rabino y teólogo Abraham Joshua Herschel (1907-1972), que acompañaba a Martín Luther King en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, sostenía la necesidad de “construir una catedral en el tiempo antes que en el espacio”. En un breve libro de estilo exquisito, titulado El arte de la quietud (que también puede encontrarse como charla TED, en Internet), el escritor y periodista británico Pico Iyer describe esa catedral como “un amplio espacio vacío por el que podemos caminar sin agendas, como por los pasillos de Notre Dame, iluminados por el sol”. Iyer se dedicó a construir una catedral así para él mismo luego de una intensa vida mundana en la que fue redactor de la revista Time, corresponsal internacional y escritor de viajes. Intensidad y movimiento signaban su vida. “A pesar de todas las emociones cotidianas, algo me decía que estaba corriendo tan de prisa de un lado a otro que nunca tenía ocasión de saber a dónde iba”. Ese algo hizo crisis en él y lo llevó a refugiarse durante un año en una habitación en un barrio humilde de Kioto, la antigua capital japonesa.

A partir de entonces Iyer propugna, perfecciona e invita a experimentar lo que llama la gran aventura de ir a ninguna parte. Dejar de correr porque sí y sin saber a hacia dónde o para qué, darse tiempo para contemplar, escuchar y atender las propias necesidades y voces interiores, admirar la maravilla del mundo, sobre todo en sus pequeños detalles (un atardecer, el vuelo de un pájaro, un sonido, un silencio, una textura, una sensación). No es necesario seguir ninguna regla de meditación, él mismo no lo hace. Basta con un lapso en el cual hacer nada. Simplemente estar. Entonces resulta posible descubrir que sin desplazamientos, sin carreras, sin bullicios estridentes, sin pantallas, sin auriculares, se abren horizontes infinitos, insospechados, conmovedores.

Iyer recoge así la idea del poeta y filósofo naturalista Henry David Thoreau (1817-1862) según la cual lo importante no es lo que lejos que llegues, sino lo vivo que estés. Es que puede ocurrir, en sentido metafórico, que muchos de los que tanto corren sean, en términos existenciales, muertos vivientes. Una sencilla manera de iniciar el gran viaje a ninguna parte, según este escritor, consiste en dedicar unos minutos del día a hacer nada. Nada. Pero no por defecto, sino por propia determinación. Y a respetar ese tiempo sagrado hasta llevarlo de pequeña capilla a gran catedral. Porque, después de todo, como advirtió Blas Pascal, el matemático y filósofo francés del siglo XVII: “Toda la infelicidad del ser humano nace del simple hecho de no poder quedarse quieto en una habitación”. Es decir, de no poder acompañarse a sí mismo en el más apasionante de los viajes.


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