Se apaga WhatsApp, se prende la vida


El miércoles 3 de mayo de 2017 millones de personas en todo el planeta vivieron las peores horas de sus vidas. Ocurrió a partir de las 16 hs. de Argentina y la pesadilla duró algo más de tres horas. El motivo fue un apagón de WhatsApp. Esa aplicación de mensajería instantánea que permite enviar y recibir mensajes, audios, fotos y videos por Internet se ha convertido para muchos, demasiados quizás, en el hilo que los mantiene ligados a los demás, al mundo y, pareciera ser, a la vida. Las reacciones que provocó el apagón lo confirman: ataques de ira, brotes de ansiedad, variadas formas de desesperación, taquicardias, hiperventilación, discusiones absurdas y, finalmente, una ristra de explicaciones a cual más delirante o más paranoica, todas basadas en argumentos aparentemente lógicos, para explicar lo que los directivos de la compañía, que pertenece a Facebook, no creyeron necesario aclarar a sus mil doscientos millones de usuarios.

El episodio pone una vez más sobre el tapete la diferencia que hay entre la conexión y la comunicación. Mientras la primera es un fenómeno tecnológico y masivo, la segunda es un proceso artesanal y puntual que requiere compromiso, empatía y responsabilidad. A través de artilugios tecnológicos, redes sociales y demás podemos establecer conexiones seriales, pero no necesariamente comunicarnos. La comunicación es el proceso por el cual las personas se miran, se escuchan, dialogan y establecen vínculos emocionales. Mirar es más que ver porque conlleva registrar al otro, observar su presencia, su transformación continua (fenómeno que afecta a todo organismo vivo). Escuchar es más que oír, se traduce como aun acto receptivo, hospitalario, por el cual se respeta y reconoce la palabra del otro e incluso el contenido de sus silencios. Dialogar es más que emitir monólogos paralelos o sucesivos, significa intercambiar palabras con sentido y contenido, no meramente disparar vocablos o sonidos al azar. Y establecer vínculos emocionales es una consecuencia de todo lo anterior, ya que cuando las personas realmente se comunican en el interior de cada de ellas hay un discurrir emocional que es importante detectar para salir del automatismo.

Si a todas estas razones se agrega que cada ser humano es único y diferente de los demás, cuando dos de ellos se comunican producen una pieza singular, inédita, como la que crea un artesano. Al igual que una pieza artesanal esto requiere tiempo, presencia, exploración de los materiales, ensayo, error, aprendizaje, atención. En la conectividad todo sale en serie e igual para todos. Un emoticón no expresa una emoción personal, no es un mensaje afectivo con destinatario único, en un lenguaje creado en conjunto a través de la construcción de una relación con raíces y fundamentos. Los emoticones salen en serie y con fritas (fritas de paquete, no de sartén, dedicación y paciencia). No atraviesan la epidermis como lo hace un mensaje cargado de emociones reales.

DE MEDIOS A FINES

Nada de lo escrito hasta aquí quiere decir que las tecnologías de conexión sean inútiles o intrínsecamente nocivas a los fines de la comunicación. Ellas son herramientas y, como tales, medios. Todo medio es funcional según el uso que se le dé. Con un cuchillo podemos cortar nuestros alimentos de manera de poder ingerirlos y nutrirnos o puede transformarse en un arma asesina. Lo grave es que los medios se conviertan en fines. Y quizás algo de eso está ocurriendo, en muchos casos y para muchas personas, con las herramientas de conexión. Dejan de estar, progresivamente, al servicio de cuestiones puntuales como la transmisión de información valiosa (y no superflua, falsa, prescindible o tendenciosa), la solución inmediata de problemas serios (como permitir conseguir rápidamente un medicamento que escasea), mantener contacto con seres queridos que están lejos, pero con los cuales se tiene un vínculo creado y alimentado por otras vías (las de la comunicación verdadera). A cambio de esto se han ido convirtiendo en fines en sí mismas. Se está al servicio de ellas y no ellas al servicio del usuario. Este tiene que actualizarlas permanentemente porque así mandan los administradores, las “tendencias” y la masa de seguidores. Tiene que dedicarles tiempo y dinero que inevitablemente se restan a necesidades y a personas reales (no virtuales). La vida empieza a pasar más (en tiempo y atención) por aplicaciones conectivas y redes sociales que por donde de veras ocurren los hechos que pueden darle contenido a la existencia e iluminar su sentido.

Miles de personas, verdaderos rebaños, marchan por las calles, viajan en medios de transporte, comen en restaurantes, toman café en bares, esperan en aeropuertos, compran en supermercados con los oídos obturados por audífonos y sus ojos capturados de modo hipnótico por las pequeñas pantallas de sus celulares o sus tablets. Difícilmente saben o se enteran de lo que ocurre a su alrededor, si alguien los llama, si alguien pide auxilio, si hay un arco iris en el cielo o un moribundo a sus pies. Abducidos, como en las películas de zombis, se han ausentado del mundo real para mudarse a un universo virtual, de puras apariencias, de presencias que son apenas siluetas sin carnalidad, de formas sin contenido.

Esto explica, quizás, las reacciones extremas y en muchos casos angustiosas de millones de personas ante el apagón conectivo. Cuando se interrumpe súbitamente lo virtual se impone lo real. Y la realidad es que, a caballo de fenómenos tecnológicos desarrollados, estimulados e impuestos de manera disfuncional, se disimulan algunas de las epidemias más graves que afectan hoy a la construcción de vínculos humanos trascendentes y a la orientación de la propia vida hacia horizontes que vayan más allá del hedonismo, del narcisismo y del placer inmediato como único fin. Cuando se apaga WhatsApp (como cuando se apagaron redes en oportunidades anteriores, con resultados similares) cada quien queda de cara al mundo, a los otros y, sobre todo, queda de cara a sí mismo.

EL DESCONOCIDO INTERIOR

A fuerza de estar conectados sin interrupción hacia afuera (y sin distinguir ya las necesidades reales de las urgencias artificiales) se han perdido destrezas para la comunicación real, para la convivencia, el diálogo y la relación con prójimos de carne y hueso. Y, acaso lo más grave, cada quien se ha convertido en un desconocido para sí mismo. Un desconocido con el que teme quedarse a solas y en silencio, con el que teme dialogar, al que teme escuchar cuando expresa sus necesidades olvidadas, descuidadas y postergadas. De pronto no se sabe qué hacer en compañía de otro real y, mucho menos, qué hacer en compañía de uno mismo.

Evgeny Morozov, uno de los más sólidos, informados y lúcidos críticos de la mala praxis de internet y sus derivados (aplicaciones, redes, buscadores), recuerda en su valioso libro “La locura del solucionismo tecnológico” que “la tecnología no es el enemigo”. Somos los usuarios quienes podemos “domar” a la red en lugar de ser domesticados y amaestrados por ella, para ponerla al servicio de una mejor humanidad, y no de masas de individuos aislados, disociados de su propia vida y desesperados por la posibilidad de un apagón que los ponga ante la opción de comunicarse en lugar de solo conectarse.


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