El árbol de la vida: Hermosos y eternos amigos


Se suele decir que quien lee nunca está solo. Hace muchos años, desde mi adolescencia creo, he comprobado que eso es cierto. Gracias a los libros he conocido personas y lugares, he viajado a lugares remotos e insospechados, he vivido en épocas pretéritas y en tiempos futuros y he tenido perspectivas novedosas, lúcidas e impensadas del tiempo presente. Cuando estoy rodeado de libros me siento seguro. Saber que están allí, en la biblioteca, sobre mi escritorio o mesa de luz, a veces apilados en el piso o sobre una silla, equivale a saberme protegido. No he leído todos los libros que acumulé y que sigo y seguiré acumulando, necesitaría varias vidas para ello. Pero gracias a los libros he podido vivir (como cualquier lector y cualquier escritor) varias vidas en una, he estado en cientos de cuerpos y de almas, habitándolos como si fueran propios. No, no he leído y seguramente no leeré a todos los libros que me rodean. Se reproducen con más velocidad que la de mi lectura. Pero aun así seguiré hospedando a todos los que vengan, a todos los que me sigan haciendo guiños oportunos desde las mesas y anaqueles de las librerías.

He aprendido a entender ese lenguaje silencioso por el cual certeramente ingresan a mi campo visual y, sin alboroto, con discreción y elegancia captan mi mirada y me dicen: “Sé que me buscabas y estaba aquí, esperándote”. Jamás se equivocan y son siempre pertinentes. En efecto, era ese el libro que estaba buscando. El que tiene que ver con una inquietud que me acompaña, con un interrogante abierto, con el momento de mi vida, con un acontecimiento personal o social, con un sentimiento, con una idea que se está gestando y pide alimento. Como digo, nunca podré leer todos los libros que me rodean y los que aún van a venir, pero el sólo hecho de mirarlos, de saber que están ahí, me reconforta. Es como si dijeran: “No te preocupes, estamos aquí por si nos necesitas. No te desesperes, ni te apures, no te exigimos que nos leas a todos. Simplemente queremos decirte que, cuando necesites algo de alguno de nosotros, aquí estamos. Siempre”. Tienen razón. Es así como funciona.

Muchos de ellos han estado allí, vírgenes, por años hasta que un día por el simple hecho de tomarlos casi al azar y recorrer distraídamente sus hojas (o más que istraídamente, diría que con la atención abierta y flotante, no obsesiva ni focalizada), un párrafo, un simple párrafo, me da una respuesta, me abrió un jugoso interrogante, me impulsó hacia una nueva idea, me desafió a abrir un tema inexplorado, le dio paz a mi alma, me arrancó una sonrisa, destapó mi sorpresa. Quizás ese libro sólo tenía ese párrafo para mí. Pero era todo lo que yo necesitaba. Y me esperó. Y me acompañó. Ocurre de ese modo una y otra vez. Ya no es casualidad. Es un vínculo secreto, un lazo misterioso y sutil, uno de los maravillosos misterios de la vida. adolescencia (allí está, por ejemplo, el ejemplar de “Los tres mosqueteros”, de Alejandro Dumas, que leí en la colección Robin Hood a los 14 años). Otros desde mi primera juventud (como la primera edición del “Inventario”, de Mario Benedetti). Los hay que han hecho largos viajes en trenes y en aviones, en mis manos. Y están los que vivieron en más de una casa, en más de una ciudad, en más de un país, de acuerdo con mis propias.

Alguno de estos compañeros vienen conmigo desde la infancia y la mudanzas. También los que leí en momentos muy especiales de mi vida, algunos de dolor, otros de amor, algunos de esperanza, otros de desasosiego. “Las crónicas marcianas”, de Ray Bradbury, los “Cuentos”, de John Cheever, “El largo adiós”, de Raymond Chandler o “Una casa para el señor Biswas”, de V. S. Naipul. Con algunos libros he reído a carcajadas, a veces estando solo, a veces en un salón o un avión, entre desconocidos. Con otros he llorado, apretándolos contra el pecho y agradeciéndoles. Un libro nunca pasa sin dejar huella. Por ejemplo, el que ahora tengo a mi lado y que terminaré de leer en estos días.

Su título es “Antifrágil” y su autor el ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb. Trata sobre las personas, cosas y fenómenos que tienen la cualidad de iluminarse, crecer, mejorar y florecer en medio del caos y el desorden. Hace una alabanza de lo aleatorio, de lo impensado, de los incontrolable, y apela (con un estilo siempre luminoso, con ideas nuevas, con maravillosa ironía, con agudas reflexiones) a los recovecos menos conocidos de la condición humana mientras batalla sin piedad contra la estupidez en todas sus formas, especialmente las más solemnes, soberbias, acartonadas y pretensiosas. En las páginas de “Antifrágil” acabo de leer una de las más bellas y definitivas descripciones de lo que es encontrar el sentido en la vida. Dice Taleb: “No estoy aquí para vivir por los siglos de los siglos como un animal enfermo. Recordemos que la antifragilidad de un sistema proviene de la mortalidad de sus componentes. Formo parte de ese conjunto de población que llamamos seres humanos. Estoy aquí para morir heroicamente por el colectivo, para producir descendencia (y para prepararla para la vida y para mantenerla y cuidarla) o, en última instancia, para producir libros: dicho de otra manera, mi información (es decir, mis genes, lo antifrágil que hay en mí) debe ser la que aspire a la inmortalidad, no yo. Y luego decir adiós, tener un bonito funeral en San Sergio (Mar Sarkis), en Amiún y, como dicen los franceses, place aux autres (dejar sitio a los demás)”. ¿Se dan cuenta por qué son tan hermosos los libros?


Comentarios

Hay 4 comentarios en este artículo

  • elena

    Por elena

    Esta haciendo saping, y me quedé en el canal Metro escuchandoló lo que usted relataba, me resultó tan interesante que me quedé hasta que terminó el programa. Mientras analizaba sus palabras compartía mucho con su pensamiento. Me voy a comprar "El discreto encanto de la madurez"

  • Luis

    Por Luis

    Compato tu pasión por los libros, no cabe duda que en muchas situaciones suelen ser los mejores compañeros de ruta. Amo los libros. Saludos.

  • Graciela

    Por Graciela

    Cuando presto un libro casi siempre digo:"éste libro vino a mis manos..." coincido en que están allí esperando hacernos falta. Gracias Sergio, por ser padre de alguno de ellos.

  • José

    Por José

    Sergio: Comparto tus reflexiones : los "Hermosos y Eternos Amigos" y en especial coincido con el" lenguaje silencioso", y terminan diciendo:"Sé que me buscabas...". Por que algo similar me ocurre a nivel personal. Profundo!!!. Reconfortante!!!

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