El peor y el mejor trabajo


Me encontraba en los tramos finales de la escritura de este libro cuando una mañana escuché a un par de comentaristas radiales afirmar con absoluta certeza que “no hay peor trabajo que el de Presidente de un país”. La revelación estaba motivada por la sincrónica serie de cánceres que afectaba a mandatarios latinoamericanos. Me pregunté de inmediato si el trabajo de presidente sería peor que el de operarios, empleados, barrenderos, mucamas, recepcionistas, enfermeras, choferes, personal de maestranza y tantos otros que diariamente viajan varias horas de ida y otras tantas de regreso, siempre en condiciones indignas, para cumplir con largas jornadas en ocupaciones que quizás no eligieron o no volverían a elegir, en las que el futuro es un punto oscuro y al cabo de las cuales sus condiciones de vida siguen estancadas en el mismo lugar. Me pregunté si puede ser el peor trabajo aquel por el cual se luchó con las mejores y con las peores armas, aquel para llegar al cual no se tuvieron a menudo reparos morales ni afectivos, aquel que, al cabo de su duración, deja en el mundo nuevos e inexplicados millonarios.

Según el razonamiento lineal de aquellos comentaristas el cáncer va incluido, sí o sí, en los gajes del oficio presidencial. ¿Pero sabemos cuántos cánceres anónimos padecen trabajadores de distintos oficios, ellos sí por causa de su tarea? ¿Sabemos cuantas personas no pueden siquiera mencionar que se sienten mal porque podrían perder horas de trabajo y su consecuente remuneración, y por lo tanto siguen adelante en silencio? ¿Alguien obliga a un presidente a ser presidente? ¿No es algo que ellos eligen? ¿No eligen con una libertad y una cantidad de recursos de las cuales carecen millones de personas atrapadas en un sistema laboral y económico perverso? Cuando un presidente se resfría un país entero estornuda. Cuando un trabajador anónimo padece una enfermedad grave, es un problema de él y de su familia, aunque ese trabajador sea un eslabón necesario en la cadena que lleva a algunas personas a la presidencia de un país o en la producción de bienes que muchos otros consumen con satisfacción, sin preguntarse qué fue necesario para que eso llegara a sus manos.

Escuchar aquella sandez fue oportuno. Esa mañana yo estaba en el dial indicado y a la hora indicada. Ahora sabía que había valido la pena escribir este libro, que, como lo sospechaba, era urgente reflexionar sobre lo que el trabajo hace de nuestras vidas y de nuestras mentes y sobre lo que hemos hecho del trabajo en su práctica cotidiana. A lo largo de las páginas que siguen se leerá una y otra vez que trabajar es una necesidad humana esencial. Que los humanos somos seres transformadores por naturaleza. Que una razón central de nuestro estar en el mundo es transformarlo, no sólo para nosotros, en nuestro tiempo, sino también para quienes nos seguirán. Cuando hacemos nuestras labores, rentadas o no, creamos memoria. Nos decimos y decimos a quienes vienen que la vida de cada quien tiene un sentido y que parte de él se encierra en la tarea. Se va a leer, también, que esto no es aplicable a cualquier tarea: no a las inmorales, como la fabricación de armas, de drogas, de medicamentos a sabiendas peligrosos, no a las que crean y fomentan adicciones, no a las que estimulan el olvido de valores, no a las que se sostienen en el egoísmo, no a las que destruyen el ecosistema, no a las que maltratan, depredan y hacen sufrir a otras especies. Y que tampoco es aplicable a cualquier modo de hacer una tarea: No a los modos que van por fuera de la ley, de la cooperación, de la empatía, de la compasión, de la solidaridad. No a las maneras que promueven la falta de respeto y mancillan la dignidad de otras personas, así sea en nombre de deberes, reglamentos o prioridades monetarias o políticas. No hay formas indignas de realizar trabajos dignos. No valen las malas prácticas en nobles oficios. Apliquemos estos conceptos a cualquier actividad o profesión. Es sencillo.

Por motivos menos directos y obvios (el inconsciente tiene razones que la razón no comprende) mientras reflexionaba sobre todo aquello a partir del disparador radial, vino a mi mente el nombre de un escritor. En 1807, cuando había cumplido 58 años, Johan Wolfgang Von Goethe (1749-1832) publicó la primera parte de Fausto, obra cumbre, siempre vigente y palpitante de la literatura universal. Inspirada acaso en el pasaje bíblico de Job, esta tragedia reflexiona y nos incita a explorar nuestras propias ideas acerca del mal, de la ciencia, del tiempo, del poder, del amor, de la moral. Lo sigue haciendo, no dejará de hacerlo. Iluminó a otros poetas, a dramaturgos, a filósofos. Y, sobre todo, marcó un significativo compromiso existencial para su autor. Goethe sabía, sentía, que a aquel primer texto le faltaba una segunda parte. Sabía y sentía que esa continuidad estaba germinando en él. Prolífico y versátil como era (“El último hombre universal que caminó sobre la tierra”, lo llamó la escritora inglesa Mary Ann Evans, que escribió bajo el seudónimo de George Elliot), siguió trabajando en la segunda parte de Fausto aún mientras se dedicaba a la poesía, a la ciencia, a la filosofía. Así alcanzó a plasmar en el ínterin otras grandes novelas, como Las afinidades electivas. En los últimos años de su vida, Goethe estaba gravemente enfermo (y, además, tras la muerte de su amigo Schiller decidió aislarse), al punto en que ni los mismos médicos entendían cómo sobrevivía. Había una razón. Se había prometido no morir mientras no terminara la segunda y culminante parte de Fausto. Cumplió. Goethe murió el 22 de marzo de 1832, tres meses después de completar la escritura de esa obra.

Lo había mantenido vivo el trabajo. Y, sobre todo, el saber que ese trabajo tenía un sentido. Que trabajaba para algo. Quien encuentra un sentido en su trabajo, halla una pista que lo orienta en el descubrimiento del sentido de su vida. Cuando este sentido es ajeno a la preocupación, a la búsqueda y al derrotero existencial de una persona, el trabajo mejor pagado, el más prestigiador, el que otorgue más poder y más fama, el más envidiado, es apenas una trampa mortal, que a veces mata en un instante y otras veces lo hace lentamente. En el caso contrario, la más sencilla y humilde tarea ilumina el alma de las personas, las hace sentirse parte de un todo y les permite mirar las huellas de su trabajo con la satisfacción del vivir vivido.

Es necesario revisar, insisto, lo que hemos hecho del trabajo. Y lo que hace él de nosotros. Es tiempo de preguntarnos, cada uno, cada quien, si somos lo que hacemos o si hacemos lo que somos. Convertirnos en lo que hacemos degrada a la tarea, nos llevará a justificar cualquier medio que nos asegure el puesto o el cargo, porque sin él no somos. Pero si hacemos lo que somos, podremos ennoblecer cualquier oficio y, a través de él, el mundo. No deberíamos preguntarnos para qué trabajamos. Algo no está bien con el trabajo si cabe la pregunta. Trabajar es humano. Nadie pregunta para qué respirar, para qué amar, para qué comer. Aspiro a que la lectura de estas páginas ayude a devolverle humanidad al trabajo. Un síntoma de que esa condición se recupera será la sensación íntima de cada persona de que con su tarea (pública o privada, doméstica, individual, colectiva, sencilla o compleja) está dejando el mundo un poco mejor de cómo lo encontró. También esto se repetirá en las siguientes páginas, como un mantra. Mientras tanto, me permito introducir a la lectura de ellas con una frase del querido Goethe: “Cuando he estado trabajando todo el día, un buen atardecer me sale al encuentro”.


Comentarios

Hay 8 comentarios en este artículo

  • Paulina Hunt

    Por Paulina Hunt

    Muy interesante conocerte a través de la red. Estoy preparando una conferencia sobre " el sentido del trabajo" acá en Santiago (Chile) y he estado cotejando el relato de tus escritos con los hilos de los propios...muy atractivo. Gracias!

  • graciela

    Por graciela

    Seria tan oportuno en estos tiempos en los cuales somos tantas las mujeres que llevamos adelante solas un hogar,solas la crianza de un hijo, un libro acorde a este tema tan importante. Como buscar el equilibrio entre sobreproteger y proteger para poder formar un individuo,con todo lo que esa palabra significa. Prometo comprar tus libros, te leí muchas veces en la nación Exitos, gracias. graciela.

  • mariana

    Por mariana

    Estimado Sergio, estuve leyendo este articulo pues quisiera utilizarlo para realizar un debate en una clase sobre Valores en la universidad en donde trabajo. El articulo me parece un fascinante disparador de reflexiones... Aun asi y si se me permite, quisiera disentir con el juicio que pone al final "No deberiamos perguntarnos para que trabajamos.Algo no esta bien con el trabajo si cabe esa pregunta." Yo creo que si podemos hacerlo y que esa busqueda nos permite un mejor y mas acertado compromiso con nosotros mismos. Y me remito a otra reflexion que lei de usted mismo en algun lugar "creo en la pregunta como herramienta fundamental de la conciencia" Muy agradecida por su material. Mariana

  • Carla

    Por Carla

    Sergio, te estoy descubriendo con tus reflexiones...que me ayudan a vivir en forma plena, y mi debilidad en estos momentos es mi trabajo que lo elegi..pero descubro cosas que pasan y me afectan mucho a mi animo, entonces me debo re descubrir cerrar una puerta y el miedo abrir otra puerta.- Me voy a comprar este libro, espero que me ayude..Carla de Cordoba !!

  • silvia yermani

    Por silvia yermani

    Estoy haciendo un artículo sobre el valor del Trabajo y me encuentro con tu libro y reflexiones interesantes y buenas que las citaré como debe ser. Yo tambien escribo para que la gente reflexione. Esa es mi mayor motivación. No me valgo solo de mis propias experiencias sino de todo lo que otros han logrado sentir y crecer en torno a un tema. ojalá me salga lindo el escrito porque es para una revista que saldrá el Primero de Mayo. un abrazo

  • Sergio

    Por Sergio

    Gracias, Adriana, gracias Laura. En mi trabajo, la escritura, encuentro a menudo el sentido de mi vida. Saber que lo que escribo las ayuda a reflexionar sobre temas vitales para ustedes, aumenta esa sensación de sentido. Te recuerdo, Laura, que la presentación es a las 17,30. Será un gusto mque estés allí. Adriana, gracias por estar a la distancia.

  • Adriana

    Por Adriana

    Sergio: cómo me gustaría poder escucharte en esta presentación de este maravilloso libro!!! Estoy lejos (San Juan) pero seguro que alguna vez tendré la posibilidad de escucharte. Te deseo lo mejor y gracias por regalarnos tus libros que para tus seguidores, como yo, son un regalo para el alma. Un abrazo. Adriana

  • Laura Selene Chaves Luna

    Por Laura Selene Chaves Luna

    Buenas tardes, Sergio ! Encuentro en tus textos una invitación a la reflexión. Como te contara personalmente, con motivo de tu charla en la última Feria del Libro 2011, encontrarte en mi vida justo cuando estaba lista para identificarme con tus inquietudes, fue como me dijeras parte de la sincronicidad y un gran motivo de dicha. Hoy continua. En este momento de mi vida, lo laboral cobra un relieve singular y leer en la LNR el adelanto de tu libro , me produjo mucha alegría de encontrar que mis inquietudes tenían un lugar en tu palabra. Leí atentamente el adelanto y esta introducción, el "encantamiento sutil" y " Horas de trabajo ,hoy, son todas" y otras cuestiones me conmueven a seguir reflexionando en mi proceso personal.:cómo dejar de trabajar cuando el tiempo es sólo tuyo y lo que hacés es consecuencia de quien sos, de los valores a los que adherís, de un proyecto de vida? ¿ Es lo infatigable en este sentido nocivo? Deja de ser un trabajo la actividad para plantearse como una forma más de manifestación del ser? Estoy ansiosa por adquirir este nuevo fruto tuyo que es tu libro para " perderme" en él y en cada párrafo seguir pensandome como persona que le fascina su trabajo y dispuesta a reformular lo que surja. El día de la presentación Viernes 4 de mayo 18.30 hs en la Feria ahí estaré presente. Con gran respeto y mucha admiración de esta lectora, Laura Selene Chaves Luna

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