¿Educamos para vivir o para sobrevivir?


Una suerte de dogma se ha expandido por el mundo con esa fuerza que tienen los dogmas y que parece convertirlos en la expresión de una inmodificable ley de la Naturaleza, como las leyes de Newton. El mismo hace que el planeta parezca latir sostenido por una obsesión que la ensayista francesa Viviane Forrester describe como “el gusto por acumular, la neurosis del lucro, el señuelo del beneficio, de la ganancia en estado puro, dispuesta a cualquier estrago, que acapara el conjunto del territorio o la totalidad del espacio, sin limitarse a sus entornos geográficos”. ¿Tiene esto algo que ver con nuestra responsabilidad como padres educadores de nuestros hijos? Tiene mucho que ver.

El mundo que describí en el capítulo anterior parece expresar el canto del cisne del positivismo. Si en un principio el ser humano dominaba a la técnica y la usaba como un instrumento para comprender y mejorar su hábitat, ahora ella lo domina a él, lo obliga a correr a su ritmo, Queremos estar al día con la tecnología aunque no la comprendamos, actualizamos nuestros equipos y artefactos aún antes de haber agotado su uso, sin siquiera haber aprendido o comprendido el beneficio de todas sus funciones. La fórmula “última generación” se impone a nociones como “necesidad” o “utilidad”. Sabemos apretar botones, pero desconocemos la totalidad de la cual ese botón forma parte. Nos entrenamos en habilidades específicas y fragmentarias, desprendidas de un contexto. Se pierde la mirada holística sobre la propia vida y las propias actividades. Ocurre en la mayoría de los trabajos, profesiones y ocupaciones. Se sabe hacer una cosa y se la hace, pero con desconocimiento acerca de lo que esa parte significa en el todo. No hay límite, aparentemente, para el avance tecnocientífico. Pero tampoco está clara cuál su orientación, sus parámetros morales. La sensación de incertidumbre, de fragilidad, de precariedad existencial crece en paralelo con aquel progreso. Confundimos avanzar con mejorar y, simplemente, aplaudimos a todo lo que avanza, aunque ignoremos el rumbo.

¿Vivientes o sobrevivientes?

Se da la curiosa paradoja de que el momento cumbre del desarrollo tecnológico y científico coincide con una creciente inseguridad y falta de certeza ante lo que el futuro nos depara. De hecho, como padres, nos preguntamos a menudo qué mundo les dejaremos a nuestros hijos, en qué planeta, en qué sociedad vivirán. Y los chicos llegan, a diferencia de lo que ocurría en otros siglos, a un universo desesperanzado, en el que no se los espera con un proyecto de vida sino, a menudo, con un plan de supervivencia al que deberán adaptarse y para el que tendrán que mostrarse aptos.

De hecho, si revisamos nuestros mensajes hacia ellos comprobaremos que en la mayoría de los mismos prevalece la idea de que hay que prepararse para una dura competencia, para diferentes tipos de luchas y batallas, para imponerse a variadas circunstancias. Tienen que estudiar con ese fin, vincularse con ese fin, adiestrarse en diferentes prácticas con ese fin. Incluso las propuestas “divertidas” (por llamarlas de alguna manera) aparecen como una compensación a priori o a posteriori por esos combates que deberán atravesar. Hay una amenaza latente detrás de estos mensajes: existe el riesgo de quedarse afuera. ¿Afuera de qué? No se sabe. No les podemos explicar, porque tampoco nosotros lo tenemos en claro. Hemos perdido silenciosa, gradual e incesantemente la sensación de ser partes valiosas y necesarias de un todo que es más que la suma de sus partes pero que, al mismo tiempo que les da sentido, no podría existir sin ellas.

Les resulta difícil a nuestros hijos entender el mundo en el que se instalan. Con frecuencia lo sienten peligroso, amenazador, y temen no poder integrarse en él. También advierten cómo sus adultos, ellos mismos desorientados, los dejan en variadas y sucesivas manos que deberán entrenarlos para la batalla por la supervivencia. Las agendas de los chicos se llenan tanto como las de los adultos. Un adiestramiento detrás de otro y, a pesar de eso, ninguna seguridad. Se les dice que todo eso en lo que deben entrenarse les servirá para sobrevivir. Nos hemos hecho fundamentalistas del darwinismo. Sólo sobrevivirán los más fuertes. Hay que prepararse para el combate. ¿No es curioso el auge de los juegos de supervivencia? ¿O el de aquellos en los que hay que eliminar a otros? ¿No es significativa la adicción de los chicos a los video juegos con esa temática casi excluyente, en la que nada se aprende salvo a sobrevivir a expensas de otros, sin piedad, sin hesitaciones? ¿Hasta qué punto esa adicción no se explica por el hecho de que, al menos en esas prácticas ficticias, se sienten en control de algo? ¿Si el mundo es tan árido, peligroso e incierto no resulta mejor meterlo en una pantalla, controlarlo con una consola, encerrarse en el juego autista y generarse la sensación de que es dominable?

¿No tienen que ver con aquel mismo mensaje predominante los habituales y crueles enfrentamientos entre pandillas de chicos de diferentes barrios, diferentes colegios, diferentes clubes, diferentes boliches, diferentes gimnasios, etcétera? No hay casualidad en que el cine haya desarrollado en los años iniciales de este siglo un exitoso y prolífico género basado en historias de un mundo devastado por una hecatombe que nunca se describe, en el que unos pocos seres dispuestos a sobrevivir a cualquier precio atraviesan odiseas cada vez más brutales para, finalmente, quedar vivos en un planeta que, pese al supuesto final “feliz”, no tiene futuro. Y es menos casual que los consumidores bulímicos de ese género sean los adolescentes. No es azar, es identificación.

Mucha habilidad, poca comprensión

La sociedad del conocimiento, señalan con lucidez los psicólogos Miguel Benasayag (argentino) y Gérard Schmit (francés) en su comprometido y muy necesario ensayo Las pasiones tristes, es paradójicamente la sociedad de la ignorancia. Se aprenden y poseen técnicas, pero no hay comprensión de lo que ellas significan en nuestra vida, no hay intimidad con esas técnicas, sólo una relación fugaz y utilitaria. Algo similar ocurre cuando se predice que el auge de las tecnologías de conexiones hará necesario que todos sepan leer. Pero “saber leer” es bastante más que aprender el abecedario y el ordenamiento de letras y palabras. Es comprender, a través de ese ejercicio, una idea, una historia, una emoción que otro ha creado y nos transmite. El mundo virtual ofrece hoy legiones de personas que leen sin entender lo que leen, que no pueden transmitir a otro lo que han leído porque no lo pueden conceptualizar. Repetidamente los exámenes de ingreso a las universidades desnudan este decepcionante panorama. Chicos que se siente muy aptos para tomar colegios e interrumpir ciclos lectivos en nombre de confusas reivindicaciones alentadas por adultos oportunistas, demuestran luego, en los test que los aguardan a las puertas de la Universidad, su incapacidad para comprender textos. Del mundo virtual provienen otros tantos tropeles de individuos muy veloces para teclear y abreviar palabras de las cuales a menudo ignoran el significado o, peor, la grafía original y correcta que precede a la abreviatura. Cuando los resultados son más importantes que los procesos se termina en que se saben abreviar palabras que no se sabe cómo escribir. Desalentador contrasentido, una vez más.

Si el futuro es incierto como lo describimos y el mundo es tan peligroso como lo transmitimos permanentemente a nuestros hijos, terminaremos por criarlos y educarlos a la defensiva. Si la vida es un juego de supervivencia, hay que preocuparse de uno mismo y los otros que se arreglen como puedan. Pero sobrevivir no significará, en ese contexto, la plasmación de un sentido, de una transformación, el anuncio de algo nuevo y mejor. Será simplemente eso: sobrevivir. Seguir existiendo físicamente, extenderse cronológicamente hasta cumplir el plazo que a cada quien le ha sido misteriosamente acordado. ¿Se le puede llamar a esto un proyecto de vida?

Ahí no acaba todo. Si se trata de sobrevivir y no de hacerse cargo de una vida con sentido integrada a otras vidas igualmente significativas, quiere decir que todo vale. Entonces las relaciones, los conocimientos, los emprendimientos de cualquier tipo tienen un objetivo utilitario. Las personas se convierten recursos. El fin justifica los medios. Y cuando es así, las cosas se pervierten de tal modo que los medios se convierten en fines. Sobrevivirá quien tenga poder, dinero, bienes, contactos, astucia. Quien no dude, quien no se compadezca inútilmente, quien congele la empatía. Los chicos llegan hoy, a diferencia de lo que ocurría en generaciones pretéritas, a un mundo de amenazas y no a uno de esperanzas. Quienes nacían en tiempos de pestes, de enfermedades devastadoras, de indefensión total ante fenómenos incomprensibles, de guerras devastadoras (como las dos grandes de siglo veinte), no estaban en un mundo mejor. Pero tenían una actitud diferente hacia el mismo.

La realidad es siempre una construcción y en esa construcción lo subjetivo cumple una función esencial. Lo que pensamos de lo que vivimos nos lleva a tomar actitudes, a pensar de un modo, a actuar de una manera específica y a transmitir una visión. Una visión desesperanzada y utilitaria del mundo y de la vida, nos llevará a educar para el utilitarismo y la desesperanza. Como en las profecías autocumplidas, seremos artífices de que aquello que tememos sea finalmente real. Cuando educamos (y como padres siempre educamos) transmitimos valores y una cosmovisión. Urge, entonces, este interrogante: ¿estamos educando a nuestros hijos para vivir una vida trascendente y con sentido o los estamos simplemente educando para salvarse?

Cooperar o especular

Si los educamos para salvarse (palabra que crudamente usan Benasayag y Schmit), hay que pasar por sobre el otro. Estamos preparando, a través de esa educación, un mundo sin piedad ni solidaridad, sin empatía ni ideales compartidos, un mundo fragmentado, de individuos que recelarán los unos de los otros encerrados en la fortaleza de su soledad y su egoísmo, un mundo en el que habrá complicidades utilitarias y no amistades cooperativas. Una sociedad basada en el utilitarismo es eminentemente economicista. Se salva el que tiene recursos y para tener “ese” tipo de recursos se requiere dinero y poder. En tal dinámica hay valores y tradiciones que perecen irremediablemente. Pero además se producen trágicas confusiones. Viviane Forrester habla de una que es básica. Se confunde economía con negocios, dice. Y, peor aún, se confunde negocio con especulación financiera. No hay que producir, hay que acumular. A cualquier costo. Esto se lleva a la manera de vivir y de vincularse. Sobre esta base se vive. Y se educa.

La economía, nos recuerda Forrester, es la actividad por la cual lo que una sociedad humana es capaz de producir se distribuye entre sus integrantes de manera que las necesidades de los mismos se vean atendidas. La economía en una sociedad puede orientarse, en todas sus actividades, a atender necesidades (y allí cada uno encontrará su ámbito de acción y desarrollo) o puede enfocarse en la generación de ganancias como fin prioritario y excluyente. De esto habla también con didáctica claridad el economista británico Raj Patel en Cuando nada vale nada. En el segundo caso empieza la confusión entre economía y negocios. Si lo más importante es el lucro, la producción de lo necesario empieza a ser secundario. Y empieza a preponderar una actividad especulativa en la que todo es virtual y no hay productos tangibles. Por lo tanto no hay procesos, aprendizaje, desarrollo de capacidades, orgullo por lo creado, crecimiento y mejoramiento genuino de la sociedad.

Los proyectos “económicos” no incluyen el factor humano sino como un recurso más, tan virtual y desechable como otros: los jóvenes, aunque estén absortos en su mundo, no son tontos. Sus antenas funcionan muy bien, captan el entorno y llegan a un razonamiento que Benasayag y Schmit reproducen tras haberlo escuchado una y mil veces en su trabajo con adolescentes en la clínica privada y en instituciones estatales: “Papá se ha equivocado y quiere que yo también me equivoque, papá no conoce el mundo, si lo conociera tendría mucho dinero y mucho poder”. Personalmente he escuchado, con dolor, razonamientos parecidos en chicos de quienes estuve muy cerca en variadas circunstancias. ¿De dónde nacen estas amargas reflexiones adolescentes? De los modelos e información que les transmiten los adultos a través de palabras, actitudes, ejercicio de éticas muy particulares, es decir a través de maneras de vivir y vincularse. Los padres y adultos cercanos y significativos educan siempre, por acción y por omisión. Nunca se repetirá esto lo suficiente.

En Las pasiones tristes se lee este párrafo: “En la cultura occidental educar significaba invitar al otro, al joven, a comprometerse con un camino: el de la promesa, el que conducía a un futuro que nos esperaba y que nos permitía sentirnos partes integrantes, cada uno en su dominio particular, de un proyecto común”. ¿Cuál sería hoy ese proyecto? Es difícil responder a esa pregunta si los adultos, en todos los ámbitos que integran (el familiar, el laboral, el social, el de la amistad, el de la pareja, el del cumplimiento de los deberes ciudadanos) no tienen una respuesta clara para sí mismos. Si no son artífices de una esperanza, forjadores de una promesa y parte necesaria de un proyecto común. Quiero anticiparme, ni bien dicho esto, a un argumento que suelo escuchar con frecuencia. Ese que se resume en frases como la siguiente: “¿Qué proyecto se puede tener en esta sociedad?” o “Hasta que este país (o sociedad) no cambie no se puede hablar de proyectos comunes”. Se trata de un tipo de argumentos que posibilita el abandono de la responsabilidad. Palabras como “sociedad” o “país” son conceptos abstractos, intangibles. Del mismo modo en que lo es “cuerpo”. Cuerpo se hace tangible cuando digo célula. Una célula más otra, más otra, más millones de ellas llegan, por fin, a constituir un cuerpo específico y único. Cuando una célula enferma es el organismo el que enferma. Cada célula, sola, no es nada. Cobra dimensión y trascendencia como parte del cuerpo. Éste, a su vez, sólo existe cuando las células lo constituyen. De la misma manera, una sociedad sólo existe cuando una suma de individuos se integra, interactúan y la conforman. Son las células de ese organismo. Existirá la sociedad que los individuos establezcan. Los cambios en los individuos (como en las células) darán como resultados cambios en ese cuerpo que los contiene y trasciende.

La comprensión de esta idea es vital para el cumplimiento de la función de padres educadores. Nuestros hijos crecerán y se desarrollarán en la sociedad que nosotros conformemos cada día con nuestras actitudes, acciones y decisiones. La sociedad deja de ser una abstracción cuando se construye, modifica y orienta en cada hogar, en cada equipo de trabajo, en cada agrupación humana, a partir de las actitudes de cada individuo. Las sociedades, en mi opinión, ni permiten ni prohíben. Simplemente reflejan. Cada sociedad habla de sus integrantes. Y cada integrante, con sus actitudes, dice de qué tipo de sociedad es constructor cotidiano y responsable. Los proyectos comunes son el producto de una suma de proyectos individuales y singulares que tienen en común un patrón ético y moral, un compromiso refrendado a través de acciones y conductas. Cuando hablamos de sociedad, como cuando hablamos de pueblo, masa, audiencia, público, hinchada, electorado, mercado y otras descripciones colectivas desaparece la responsabilidad individual Y, como señalaba Víktor Frankl, la responsabilidad es siempre individual. Uno no hace los proyectos que la sociedad le permite, sino los que se propone. A nuestros hijos no les transmitiremos la esperanza o la desesperanza que la sociedad nos dicte, sino las que estemos dispuestos a transfundirles y a sostener con nuestra acción.

Hacemos nuestro mundo

De manera silenciosa, casual, todo este tipo de hechos, actitudes y conductas va educando diariamente a nuestros hijos en valores. Si se trata de actitudes que los orientan hacia una vida con sentido, si los convierten en seres que portan el germen de las acciones morales, si se nutren de aquello que los hará mejores personas en un mundo mejor, esa educación será un cimiento sólido y perdurable. Si ha ocurrido lo contrario, no se le puede pedir a la escuela que llene los espacios en blanco o que desvíe el curso de lo que ya fluye. Sin duda habrá docentes que, a título personal y en casos específicos, podrán reparar esto en algunos alumnos, pero ésa no será, ni puede ser, tarea o política escolar. Cuando un chico ingresa a la educación formal, lleva encima y adentro cinco años de educación cotidiana, vivencial e intensa en cuanto a valores. Quizás por esto, un efecto importante y multiplicador que provoca en nosotros el hecho de convertirnos en padres es el de preguntarnos con honestidad, con detenimiento y con voluntad de explorar un sentido en la respuesta, cuál es nuestra escala de valores y cómo estamos viviéndolos. Lo que respondamos no tendrá que ver sólo con nuestras vidas sino con aquellas que creamos o incorporamos a nuestro escenario existencial. Vidas, no lo olvidemos, ante las cuales somos responsables.

Es importante, a mi juicio, que dejemos de preguntarnos, consternados, en qué clase de mundo vivimos y que comprendamos que habitamos el mundo que creamos o el que no cuestionamos con acciones transformadoras, o el que convalidamos con nuestras elecciones y acciones, o el que fortalecemos con nuestras actitudes o, por fin, el que ayudamos a reproducir cuando, como padres, cumplimos funciones educativas. Somos responsables del mundo en que vivimos. Si estamos conformes con él haremos mucho para continuarlo a través de nuestros hijos. Si creemos que merece una transformación, podremos también contribuir a ella a través de nuestro rol de educadores. La esperanza es hija de un proceso dinámico. Si bien la palabra proviene de esperar, no lograremos mucho con una espera pasiva. Como padres que aspiran a una humanidad mejor podemos ser artífices de una esperanza activa.

Benasayag y Schmit insisten, con abundancia de ejemplos, en que vivimos en una cultura y una sociedad utilitaria. El utilitarismo del que hablan no es precisamente aquel que desarrolló como doctrina de pensamiento John Stuart Mill (1806-1873), político, economista y filósofo británico. Stuart Mill sostenía que cada persona debe ser libre de elegir y actuar como desee siempre que sus acciones no perjudiquen a otros. El resultado de una acción es el que determinará la moralidad de la misma. Frente a esto, el filósofo alemán Emanuel Kant decía que no es el acto lo que determina aquella moralidad, sino la norma misma. Hay normas de acción que son inmorales en sí, sostenía, y no es necesario cotejarlas con sus resultados para adoptarlas o no. Así, el clásico y lamentablemente muy aceptado “roban pero hacen” que, en todas su variantes, suele ser aplicado con liviandad en diferentes planos de la vida social, estaría fuera del escenario kantiano.

Los autores de Las pasiones tristes dicen que el utilitarismo de hoy se apoya en la creencia, experimentada por los adultos y transmitida a los jóvenes, de que vivimos en un estado de urgencia. Si no hay esperanza, si esta es remplazada por el miedo, si el objetivo de la preservación remplaza al desarrollo de proyectos de vida preñados de sentido, todo aprendizaje pasa a tener como único objetivo la supervivencia inmediata, sin un para qué trascendente. Los adultos han hecho carne la idea de la conservación a toda costa y, dicen los autores que antes mencioné, “en la práctica cotidiana de la educación se pasa de la invitación al deseo a una variante más o menos dura de algo que podríamos llamar aprendizaje bajo amenaza”.

¿Amenaza de qué? De ser relegados o postergados, de “no pertenecer”, de quedar como náufragos en un mundo hostil, que los someterá a prueba sin condescendencias. Lo que se llama “sociedad competitiva”, en la que el “conocimiento” (que nunca es claramente definido y que se desactualiza a cada segundo, por lo que tampoco alcanza valor definitivo) no es una herramienta sino un arma. No es un instrumento de construcción solidaria, sino un medio de asegurarse supremacía sobre otros, de asegurarse un lugar en el bote de los sobrevivientes. ¿Puede sorprender que, bajo ese paradigma, los chicos se nieguen a crecer, que no vean atractivos en lo que se les propone como aprendizaje, que desconfíen del mundo de los adultos que heredarán? ¿Cómo puede alguien formarse bajo la sombra del temor? Por lo demás, ¿pueden adultos que se sienten amenazados por el futuro y que dejan de creer que ese futuro depende de lo que ellos hagan en el presente, generar en los chicos el deseo de crecer y explorar la vida? ¿No habría que poner el acento en el estímulo hacia el desarrollo de las potencialidades naturales de cada chico, antes que hacer de ellos piezas en serie torneadas bajo los preceptos de la utilidad y la eficacia? ¿No habrá llegado la hora de recuperar el sentido profundo de la vocación antes que la urgencia de la utilidad?

Vocación es una palabra que proviene del latín vocatio, y significa llamado. Alude a un llamado interior y profundo, que proviene del Sí Mismo único e intransferible de cada individuo. Si, como sostenía Carl Jung, al individuarse, es decir al enfocarse en ese centro nuclear de su ser, es cuando se percibe el sentido de la existencia, al desoír a la vocación en nombre del dogma de la utilidad y la supervivencia, ¿no se convierte a la educación en una fábrica de personas existencialmente contrariadas? ¿Queremos educar a nuestros hijos para que habiten un mundo teñido de esa tonalidad, un mundo de sobrevivientes exitosos e insatisfechos, ganadores e infelices?

Jorge Barudy, psiquiatra infantil y terapeuta familiar chileno, apunta que así como la función educativa de los padres forma a los chicos en el nivel individual, los prepara, por sobre todas las cosas, para pertenecer a un amplio tejido social comunitario. “En el marco de estas pertenencias, el niño o la niña se preparan para colaborar en la construcción del bienestar común”, escribe Barudy. Esto pone en foco la cuestión que venimos transitando: ¿para qué educamos a nuestros hijos? ¿Para una vida utilitaria o para una vida con sentido?


Comentarios

Hay 4 comentarios en este artículo

  • ANA

    Por ANA

    Me encanto lo poco que lei asi que mañana me voy a comprar un libro y varios mas para regalar, entre ellos uno muy especial para mi hijo, me parece que es hora que eduquemos para vivir la vida con alegria sin tener tantas cosas para cuidar gracias

  • Sergio

    Por Sergio

    Gracias a vos, Ana. Es cierto, se trata de guiar a nuestros hijos para que sean personas capaces de descubrir el sentido de sus vidas y vivirlas con dignidad. Un abrazo.

  • Ana

    Por Ana

    Ayer, mi hijo de 11 años que es adicto a esos juegos agresivos de internet (de pura supervivencia) me dijo que había sido uno de los mejores días de su vida; y me contó porque: habia estado jugando con los amigos del barrio a las escondidas, cuando se largo a llover. "nos tuvimos que mojar todos, porque si no te hacian la pica!!!!", se dejó cuidar por la frondocidad de un árbol y disfruto del chaparrón primaveral. Yo que soy del tipo de madre que ando atras con el saquito por "miedo a que se resfríe"... pense que si confiara más en él y en la madre naturaleza, obtendría una valiosa ayuda de ésta en la educación de mi hijo y un mejor crecimiento para él. Excelente el articulo. Gracias

  • Viviana

    Por Viviana

    Mientras te leía no deje de recordar los recreos , donde nos convidamos las frutas,los chicles como asi también los juegos de esos con reglas claras¡ y estaba bueno jugarlos y re-inventarlos!.Será que "recuperar el sentido profundo de la vocación" nos conecta con esto único para compartir?Por eso ....será que tenemos que recuperar el re-creo?

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