Más de un día para el amor


Quizás no se trate de la frase más alentadora para citar en el Día de los Enamorados, pero es una filosa y perspicaz definición del enamoramiento. Pertenece a Stephen Leacock y dice así: “Un hombre comienza enamorándose de un hoyuelo y termina casándose con la chica entera”. El canadiense Leacock (1869-1944) fue un hombre versátil: ensayista, economista, humorista, profesor universitario, y en sus libros demostraba una notable capacidad para la observación de los fenómenos sociales y culturales. Se siguen leyendo en su país, pero solo uno conoció traducción al español: “Un verano en Mariposa”, que narraba escenas cotidianas de una pequeña población en la que Leacock veía reflejados los comportamientos de la sociedad entera.

Su irónica reflexión acerca del enamoramiento admite que donde dice “hombre” se lea “mujer” y se inviertan los términos. Y es un buen punto de partida para examinar qué es el enamoramiento y qué lo diferencia del amor. Porque, hay que decirlo pronto, no son la misma cosa. El enamoramiento es un punto de partida. El amor es un punto de llegada. El enamoramiento es un estado de extrema intensidad emocional y absoluto desconocimiento. El amor se define por lo opuesto: serenidad emocional y conocimiento.

El enamoramiento comienza cuando una persona (o dos, por supuesto) encuentra en otra algo que la atrae por sobre la presencia de muchas otras. Podría ser, por ejemplo, el hoyuelo que menciona Leacock. O la forma de mirar. O el modo en que habla. O el hecho de que a ambos les gusten las mismas películas, libros, comidas y lugares de veraneo. La posibilidad es amplia. A partir de ese dato (que muy posiblemente coincide con el identikit mental que tiene de su hipotética pareja ideal), la persona saca conclusiones tan rápidas como voluntaristas. Si el otro (u otra) posee esa característica, seguramente cuenta también con todas las otras que el súbito enamorado estuvo buscando durante toda su vida. No chequea, no espera a comprobarlo. “¡Me enamoré!”, anuncia a los cuatro vientos luego de una conversación, una salida o un roce de cualquier tipo. Siente que encontró su “media naranja”, su “alma gemela”. No toma en cuenta que una media naranja (cualquiera de las dos personas en este caso) es apenas la mitad de algo y no un ser completo y autónomo. Sólo será una unidad a través de la fusión. Eso no le importa, está dispuesto (o dispuesta) a fusionarse hasta perder la propia identidad. Tampoco piensa que el alma (esa cuestión tan abstracta y sutil) es única en cada persona. Solo los cuerpos pueden alcanzar la “gemelitud” (aceptemos por un instante el neologismo) o, en último caso, ser clonados.

Salir de la ilusión

¿Quién es, después de todo, aquella persona de quien quedó prendido? En verdad, el enamorado no lo sabe, ignora casi todo de ella (ni hablar cuando los enamoramientos se dan por vía digital, cibernética o informática, mundo en el que fotos falsas o trucadas, nombres inventados y alias remplazan cada vez más a todo vestigio de identidad real). La imagina, es un producto de su fantasía, de su deseo y de su ilusión que toma como soporte a un cuerpo real. Y ante el temor de que se evapore, vive en un estado de ansiedad permanente, siente hormigas marchando por sus venas, la taquicardia es su estado natural hasta el próximo encuentro, y en ese encuentro uno y otro tratan de amarrarse a través de la pasión. Cuando todo es incierto y frágil la pasión procura borrar la inseguridad, aparece como una cuerda con la que los enamorados tratan de enlazarse. En ese estado (que el pensador italiano Francesco Alberoni define en su clásico ensayo “Enamoramiento y amor” como una naciente revolución de dos) la realidad cotidiana y el mundo entero quedan en suspenso hasta nuevo aviso.

Quien nunca se enamoró quizás haya ganado en tranquilidad, pero no accedió a una de las más intensas y peculiares experiencias humanas. Tampoco es buena la adicción al enamoramiento. Los enamorados seriales suelen estar atados a una idea del amor pero no hacen contacto real con otra persona. ¿A quién ama el enamorado del amor? El amor es tal cuando encarna en alguien real. De ahí que convenga detenerse en explorar el tránsito que va del enamoramiento al amor.

Entre uno y otro punto transcurre el tiempo, y el tiempo, a su vez, permite el conocimiento del otro tal como es y no como el enamorado lo imagina o desearía que fuera. Ese conocimiento solo es posible a través de las experiencias compartidas, tanto las gozosas como las dolorosas, a través de proyectos que se tejen y se llevan adelante de manera compartida (si llegan a buen fin será mejor, pero lo importante es la experiencia, el proceso de conllevar un propósito y trabajar por él). En ese trayecto aparecen las diferencias entre una y otra persona, puesto que al no existir dos seres humanos idénticos, la diversidad es un componente fundamental y básico de cualquier relación. Y, a la larga, acaso las diferencias superen en cantidad a las similitudes, sobre todo a las del comienzo, cuando el enamoramiento convertía al otro en una imagen en espejo.

El valor de las diferencias

Las personas se van conociendo, y conocerse significa no solo descubrir nuevas virtudes del otro, sino también sus defectos, no solo a sus fortalezas, sino sus debilidades, sus luces y sus sombras. Habrá diferencias naturalmente complementarias, que enriquecen. Las habrá de las que fastidian y hacen ruido, pero ofrecen la oportunidad de aprender a resolver desacuerdos, a negociar, a ceder, a pedir, a explorar el vínculo y crecer en él. Y acaso asomen diferencias irreconciliables (de valores, de creencias, de mandatos culturales y familiares, entre otras) que serán siempre menos que las otras, pero que harán muy difícil continuar y, mucho menos, continuar sin daños a veces irreparables.

El camino que va desde el desconocimiento del enamoramiento al conocimiento del amor es el camino de la desilusión. De una necesaria y saludable desilusión, que lleve a aquellos enamorados del principio a convertirse en los fundadores y constructores de un vínculo único, tan singular como es cada uno de ellos. Un vínculo con raíces sólidas y ciertas en un terreno fertilizado a través de todo lo recorrido y compartido. Esas raíces pueden sostener un sólido tronco que, a su vez, se abra en un amplio y bello follaje. Un vínculo de amor cierto.

Así, un hoyuelo puede ser nada más que un hoyuelo, un espejismo, apenas una ilusión. Basta con él para enamorarse. Pero para el amor es necesaria la exploración de la persona entera, la aceptación y celebración de su ser real, de su singularidad. Cuando nos machacan con un tal Valentine (que desembarcó del Caballo de Troya del consumismo para distraernos con imágenes y palabras que poco tienen que ver con el amor), nada de esto está presente. El amor no es cuestión de un día. Se construye con un trabajo fecundo y diario, que muchas veces resulta poco espectacular, pero cuyos frutos dan sabor y sentido a la vida.


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