Machismo precoz


Así como prepara a los niños para su inserción e interacción en la sociedad, la escuela es también un escenario en el que se reflejan y representan las creencias, los mandatos, los vínculos y los modelos sociales. De esa manera, en los últimos tiempos, y en distintos lugares del mundo, se observan numerosas y preocupantes manifestaciones de violencia escolar. Condiscípulos que se agreden los unos a los otros, alumnos que atacan a profesores, pequeños asesinos seriales que llegan armados a las escuelas y matan a docentes y compañeros.

De hecho, en marzo de 2001 se efectuó en París el Primer Coloquio Mundial Sobre Violencia Escolar y participaron 26 países. Tanto en ese evento como en todos los ámbitos en los que se aborda este problema, hay acuerdo en que un mayor compromiso de los padres en la crianza de los hijos, la convocatoria a los niños a participar en tareas de solidaridad y comunitarias, un mayor control en el uso de la televisión por parte de los chicos y el desarrollo activo de políticas de inclusión social son pasos necesarios para enfrentar el problema.

Un tema poco atendido

Sin embargo, existe al menos un aspecto de este fenómeno sobre el que no parece haber una atención especial, aunque la merece. La mayoría de los menores involucrados en los hechos de violencia escolar suelen ser varones. Como dice el especialista Jurandir Freire Costa, profesor del Instituto de Medicina Social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, en Brasil, “en la escuela, en los cuarteles, en la casa, en la calle ocurren episodios de violencia relacionados con las creencias dominantes acerca de cómo se hace un hombre”.

Aun cuando haya habido algunos cambios en los estereotipos masculino y femenino tradicionales, sobre todo en el masculino predominan todavía rasgos que bien pueden verse conectados con el fenómeno de la violencia escolar. En un lúcido y ya clásico estudio sobre la masculinidad en las escuelas títulado Los chicos no lloran, las investigadoras inglesas Sue Askew y Carol Ross apuntan que, observando a los niños en sus actitudes escolares, es posible ver cómo predomina en ellos una actitud competitiva. Se trata, dicen, de demostrar “quién es quién” tanto en el aula, como en el patio, en el gimnasio o en la calle.

¿Forma parte esto de la naturaleza de los varones? Se sabe que ellos son sí más activos físicamente y más lentos en la maduración intelectual respecto de las mujeres. Y se sabe, también, que en la adolescencia un notorio aumento en la producción de testosterona (del orden del 400 por ciento entre los 11 y los 14 años de edad), los hace más inquietos y agresivos en esa etapa de la vida. Pero ni actividad ni agresividad son sinónimos de violencia. Cuando son forzados a desarrollar ciertas características hasta el punto del grotesco o de la hipertrofia o cuando se les impide la expresión de su auténtica naturaleza, es cuando los niños varones se tornan violentos.

¿Quién los fuerza? Para responder a este interrogante es necesario poner los ojos sobre padres, escuela, mensajes mediáticos, publicidad. Un aviso que se vio años atrás en la televisión argentina, mostraba a un chico de nueve o diez años que parecía estar al volante de un poderoso automóvil de una marca prestigiosa por su velocidad. Después veíamos que quien conducía era el padre. El niño, por el momento, sólo coleccionaba modelos a escala y con aire soberbio confesaba a la cámara que “cuando tenés uno los querés todos”. La parte implícita del mensaje es “cueste lo que cueste y haya que pasar por encima de quien fuere”. La entraña del mensaje es una invitación a la violencia, que el niño escenificará en los ámbitos en los que se desempeña. La escuela es, en ese sentido, un terreno central.

Confesión de parte

Hay, por supuesto, incitaciones menos abstractas. Por ejemplo, un padre que tiene actitudes competitivas manifiestas, que relata cómo le ganó a tal o a cual lega, competidor o quien fuere. O un padre que incita a su hijo a no dejarse ganar en los deportes, que recompensa las victorias y ofrece reproches o indiferencia ante las derrotas, ante las malas calificaciones escolares o en situaciones que, por sus propias creencias acerca de la virilidad, considera lesivas para la masculinidad de su hijo. En un documental de hace unos años producido por la emisora británica Channel 4, titulado About Men (Sobre los hombres), los realizadores Peter Morrison y Tom Eardley presentan a muchachos que dicen claramente: “Tememos la humillación y la exclusión o, en último caso, la violencia de los otros chicos si no nos ajustamos a lo que se espera de nosotros”.

Por supuesto, quienes “esperan” de ellos son los adultos, comenzando por los padres. Y, a partir de ahí, hay una compleja trama sociocultural en la cual todavía predomina un modelo de masculinidad en el cual mostrarse violento es un modo de ser reconocido como hombre. Hace un tiempo mi trabajo me llevó a estar en contacto con dos chicos de 16 años, líderes de una pandilla escolar que mantenía aterrorizados a sus condiscípulos, a profesores y a vecinos de la zona. Para eso se valían de métodos violentos: golpeaban a los compañeros, dañaban vehículos de los docentes, amenazaban a los maestros. Cuando les pregunté por qué lo hacían, uno de ellos me dijo: “Para que sepan quiénes somos y nos respeten”. Quise saber si se sentían queridos y me respondieron que no. Le pregunté si les gustaría ser respetados de otra manera, sin violencia de por medio, si desearían que sus compañeros, profesores y vecinos se acercaran a ellos sin temor y con cariño. Se miraron entre ellos y mantuvieron silencio hasta que uno balbuceó: “Sería lindo, ¿no? ¿Pero cómo se hace?”. Pregunté entonces por sus padres. El de uno de ellos estaba separado de la madre y él no lo veía. El del otro había muerto cuando él era muy chico y su padrastro lo educó a los golpes “para que se hiciera hombre”.

Está claro, pues. Los pequeños varones no son violentos. Se los hace violentos desde la educación y los modelos que se les transmite. Y estos datos centrales deben incorporarse cuanto antes al tratamiento de la violencia escolar.


Comentarios

Hay 2 comentarios en este artículo

  • claudio

    Por claudio

    Excelente, muy clarificador

  • Luis

    Por Luis

    Excelente articulo deberiamo sde comenza con nosotros mismos y a cuestionar esos ''mandatos'' que vienen desde afuera, con este realto, Sinay me doy cuenta como varón de detrás de cada agresión se esconde una historía dificil y trágica en la mayoria de los casos de esos pequeños varoncitos o adolescentes que intenta, a todas luces, mostrar su virilidad a travéz de conductas agresivas, actitudes sexuales y mostrando su machismo. Así no es la realidad Como siempre tus reflexiones de los varones me hacen mejorar y cuestionar muchos de esos mandatos que, como la mayoría, se inculcaron desde chicos. Saludos.

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